Buenas tardes.
Pocas cosas conozco bastante a fondo como para sentir que hablo de ellas con propiedad. El premio de Cuento Julio Garmendia para Jóvenes Autores, organizado por la Policlínica Metropolitana, es una de ellas.
El año pasado, parado aquí en este mismo espacio frente a un auditorio similar, comenté que he sido testigo excepcional del devenir de este premio, desde la primera edición, en la que obtuve una mención, y luego, a partir del año siguiente, que acompañé a Samir Kababbe en la coordinación de las 18 ediciones sucesivas. Reunirme con Samir en sabrosas veladas en las que cabía el mundo, seleccionar a los miembros del jurado, animar la participación, asegurar la concreción del veredicto y convocar a los seleccionados al evento de entrega de premios fue de esas preciadas rutinas que formaron parte de mi vida a lo largo de todo ese tiempo.
Ese mismo año pasado, parado aquí, como ya lo dije, comenté que solo me restaría ser jurado para conocer, ahora sí, todos los roles que conforman este pequeño universo, y el cielo (y Julio Garmendia) me escucharon, al permitirme compartir, ahora como jurado, y en la gratísima compañía de dos autores de sólida trayectoria literaria, y amplios conocedores del mundo de la literatura, como editores, investigadores y profesores, como lo son mi querida Carmen Verde y el amigo Mariano Nava, a quien no veía desde un hermoso diciembre en que estuvimos de visita por los lados de Mérida, hace ya tantos años que el pudor me impide intentar calcular.
Y fue así como dejé el testigo de acompañar a Samir en las buenas manos de Lennis Rojas, quien coordinó las 8 ediciones del Premio de la Crítica y ha coordinado las 9 ediciones del Premio Lo Mejor de Nos, de La vida de Nos. Y estoy acá, ya no como participante ni coordinador, sino como uno de los que tuvo la sabrosa función de leer todos los cuentos para seleccionar a los ganadores.
Veinte ediciones después de aquella primera convocatoria puedo hablar con propiedad de un concurso que ha acompañado a las últimas generaciones de escritores venezolanos. Y he podido seguir de cerca su evolución.
He visto generaciones de narradores dando a conocer sus nombres, y luego consolidar una trayectoria en los diversos rincones del mundo desde los que están produciendo su obra, teniendo en común que son escritores venezolanos y que sus nombres forman parte de esta maravillosa lista que cuenta buena parte de la historia de la narrativa contemporánea de Venezuela.
Nombres como Jesús Miguel Soto, María Dayana Fraile, Hensli Rahn, Miguel Hidalgo Prince, Gabriel Payares, John Manuel Silva, Carolina Lozada, Mario Morenza, Pedro Varguillas, Javier Domínguez, María Paula Russa, en una primera generación, y
Andrea Leal González, Ysaías Lucas Núñez, Joel Bracho Ghersi, Alberto Sáez, María Daviana Galíndez, Yéiber Román y Annya Rivas López, en las más recientes,
Ven sumarse otros nombres que ya vienen labrándose también su propio camino, y ahora nos acompañan en esta velada.
Como reflejo de su sociedad, los temas predominantes han pasado por diversos momentos. De la fiesta universitaria nocturna de una época, a atravesar el infierno del dolor y el horror. De las despedidas de los seres queridos, a la carencia de servicios que se convertían en carencia de esperanza. Ya los cuentos de estas últimas generaciones demuestran la portentosa resiliencia que ofrece ser venezolano y ser joven. Ya se dedican a pensar la vida en sus rincones, filtrando esos dolores colectivos para convertirlos en asombros personales.
Durante esta edición resultó muy difícil armar el cuadro final. Muchos de los cuentos participantes dan fe de una generación con oficio, con autores que son el resultado de sopesadas reflexiones en torno a las posibilidades del lenguaje para hablarnos de la vida.
Como muestra de ello, les voy a pedir que presten atención a la música presente en el collage (o cadáver exquisito) que ahora les voy a leer:
Los peores recuerdos me devuelven a los lugares más oscuros de mi vida.
Todo fue una sumatoria de sorpresas que terminaron detonando la inaudita revelación de que alguien la quería y ella no sabía
Hubiese sido un día genial en otras circunstancias. El río se llenó de los gritos dichosos de los niños. Carmela corría con su trenza alborotando a la brisa.
Anto jamás sudaba. Su cuerpo, al igual que los libros, parecía haber olvidado la humedad de la vida.
Se imagina un botón invisible, justo debajo del pecho. Un botón que su cuerpo presiona sin pedir permiso. Cuando está agotada. Cuando no quiere estar ahí. Cuando no puede más.
La tristeza que embargaba a sus padres, de alguna manera, se traspasaba a las frutas y hortalizas que crecían en su conuco.
Aquel niño lloraba y yo no dejaba de estremecerme y de llorar con él, como si ambos, el bebé y yo, fuésemos conscientes de algo que los demás no advertían.
Aunque mis ojos son como los de mi padre (redondos, oscuros, vivaces) la tristeza que los difumina es el lunar de sangre de mis matriarcas.
No hubo llanto. El orgullo es una armadura que se calza temprano.
Allí están estas voces, tratando de darle corporeidad a todo eso que, aunque sostiene nuestro sentido de la vida, no tiene nombre ni forma definida. Allí podemos verlos, escribiendo en el silencio de esos momentos que le roban a la vida con sus urgencias, para entregárselo a una actividad tan obstinada como aparentemente prescindible para el mundo que está fuera de esos universos en cocción. Allí el resultado de ese esfuerzo y ese compromiso de jóvenes narradores entendiéndose con la vida. Esta selección de textos (y otros que componían la muestra, que desafortunadamente no pudimos incluir), habla del vigor de la búsqueda de la comprensión del mundo que nos rodea, del compromiso que tienen con el oficio, de la pasión por dejar un testimonio del universo que llevan consigo. Esta muestra nos permite sentirnos esperanzados de que la sólida tradición narrativa venezolana entregó el testigo a buenas manos.
Son parte fundamental de esa Venezuela que, como comentamos en un video que hicimos para Ficción Breve, atesora los tallos verdes que seguirán regenerando el terreno luego del incendio.
Veinte años conformando un semillero de voces que están llamadas a alimentar una magnífica tradición que honra a ese cuentista lleno de gracia y agudeza, llamado Julio Garmendia.
Pido entonces un aplauso para ellos, y otro igual de caluroso para Samir Kabbabe, Lennis Rojas y la Policlínica Metropolitana por mantener vivo un espacio que está escribiendo una página importante de nuestra historia contemporánea.
Gracias.
Palabras leídas el 17 de junio de 2026, durante la entrega de la XX edición del premio de Cuento Julio Garmendia para Jóvenes Autores, en la Policlínica Metropolitana.
El veredicto puede leerse aquí.
